Durante mucho tiempo, el dolor por la pérdida de una mascota fue minimizado, tratado como algo secundario o incluso exagerado. Expresiones como “era solo un perro” o “puedes conseguir otro” han acompañado a quienes atraviesan este tipo de duelo, generando culpa y silencio en lugar de comprensión. Sin embargo, cada vez más estudios en psicología y neurociencia están confirmando una verdad que millones de personas ya conocen desde la experiencia personal: perder a un perro puede ser tan doloroso como perder a un ser querido humano.
El vínculo entre una persona y su perro no es superficial ni simbólico. Se construye día a día a través de la convivencia, la rutina compartida y una forma de amor que rara vez exige explicaciones. Los perros acompañan sin condiciones, sin juicios y sin máscaras. Están presentes en los momentos felices, pero también en los silencios, en la enfermedad, en la soledad y en las etapas más difíciles de la vida. Para muchas personas, su perro no es solo una mascota, sino un compañero constante, una fuente de estabilidad emocional y, en algunos casos, el principal sostén afectivo.
Desde el punto de vista biológico, este lazo tiene una base sólida. La interacción con un perro activa la liberación de oxitocina, la hormona asociada al apego y al amor profundo, la misma que interviene en la relación entre padres e hijos o entre parejas. El cerebro no distingue si ese vínculo es con otro humano o con un animal; lo que reconoce es la conexión emocional. Por eso, cuando el perro muere, el cerebro reacciona con una respuesta de duelo real, intensa y profunda.
La pérdida de un perro suele implicar algo más que la ausencia física del animal. Desaparece una rutina, una presencia diaria, una forma de sentirse acompañado. El sonido de sus pasos, su lugar en la casa, los paseos, los horarios, todo cambia de manera abrupta. Esa ruptura puede generar una sensación de vacío constante, especialmente porque los perros suelen estar integrados en cada aspecto de la vida cotidiana. Su ausencia no se nota solo en fechas especiales, sino todos los días.
El proceso de duelo por un perro puede incluir tristeza profunda, llanto frecuente, dificultad para dormir, pérdida de apetito, culpa e incluso síntomas de ansiedad o depresión. Muchas personas se preguntan si hicieron lo suficiente, si tomaron las decisiones correctas o si pudieron haber evitado el desenlace. Este tipo de pensamientos son comunes en cualquier duelo significativo y no deberían ser invalidados por el hecho de que el ser perdido no sea humano.
A pesar de esto, uno de los factores que más agrava el dolor es la falta de validación social. A diferencia del duelo por un familiar, el duelo por una mascota rara vez recibe apoyo explícito. No siempre hay permisos laborales, rituales sociales o espacios donde expresar libremente el sufrimiento. Esto puede llevar a un duelo silencioso, reprimido, que se vive en soledad y que puede prolongarse más de lo necesario.
Reconocer que perder a un perro puede doler tanto como perder a un ser querido no significa comparar ni competir con otros tipos de pérdida. Significa aceptar que el amor no entiende de especies y que el dolor es proporcional al vínculo, no a las categorías sociales. Para quienes han amado profundamente a su perro, su muerte representa la pérdida de un miembro de la familia, de un compañero de vida y de una relación irrepetible.
Hablar de este tipo de duelo, validarlo y permitir que quienes lo atraviesan expresen su dolor sin vergüenza es un paso necesario hacia una comprensión más humana del apego y la pérdida. Porque el amor que se siente por un perro es real, y cuando ese amor se pierde, el dolor también lo es.









